“Cerró la puerta del coche y sintió que las extremidades de su cuerpo cobraban vida propia; por mucho que lo intentaba, era imposible controlar a la corriente que le sacudía como si fuese una marioneta.
Cuando volvió en sí todo le daba vueltas, le dolía la cabeza, sentía su nuca engarrotada como si estuviese llevando sobre sus hombros el peso del mundo. Junto a él descansaba la botella vacía de licor. Cerró los ojos, sacó un cigarro de la cajetilla, se lo llevó a los labios y lo encendió dando una fuerte chupada para intentar recobrar la tranquilidad y dominar por fin la situación.

 Poco a poco, calada a calada, fue recobrando el timón de su buque insignia, su cansado cuerpo que ya no estaba para según que cosas. Una vez hubo restituido la calma, abrió de nuevo los ojos y alzó sus manos hasta la altura de su vista para comprobar que se había serenado. En ese instante, notó el contacto del frío metal que seguía acompañándole; sintió que el pánico se apoderaba de él y lo extrajo del interior del cinto, liberando a su piel del helado roce que le atemorizaba. Se quedó observando la pistola, obnubilado por un instante, regodeándose de la fuerza tranquilizadora que le confería sostener a su obediente e infalible compañera. Aquel poder lo tenía atrapado, no era capaz de recordar qué le había llevado hasta allí, ni qué habría sido capaz de hacer con su amiga.

Tras varios intentos sin obtener una respuesta clara, decidió que lo mejor sería desaparecer de aquel lugar y regresar a casa. Guardó el arma en la guantera, dentro de su vieja gamuza con la que limpiaba habitualmente el salpicadero, y con un rápido gesto, introdujo la llave en el contacto y girándola logró que el viejo motor de su “Seat Ibiza” rugiese anunciando que había captado la orden de ponerse en marcha. Los faros iluminaron el oscuro callejón en el que lo había aparcado antes de… ¿qué había ocurrido? ¿Hasta dónde era capaz de dejarse arrastrar? ¿Habría logrado controlar a su lado más oscuro?
Imaginándose capaz de lo peor, se agarró con fuerza al volante y puso dirección a su hogar.”

“Las Voces Errantes” es un viaje a lo más profundo del ser. La mente.

La vida de Amador se ve alterada por la reaparición de un coro de voces que le atormentan y acompañan desde que era un niño. Su mujer, Angustias, atemorizada por los cambios de humor de su marido, coge a su hijo Nicolás y lo abandonan con la esperanza de que así logre recapacitar y buscar ayuda profesional.

Finalmente, Amador, hará caso de su mujer y entrará en terapia, rescatando un pasado que había encerrado en su mente, a recaudo de esas voces que le protegieron de la violencia que amenazaba y sacudía los cimientos de su familia.

Esta historia plantea el enigma del gran poder de la mente, al tiempo que cuestiona ¿cómo afecta al desarrollo emocional de la persona vivir un trauma infantil?

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