Entrevista a Antonio-Prometeo Moya

¿Cómo surgió en la vida de Antonio la chispa de la escritura?

No me hacían esa pregunta desde que publiqué mi primer libro. La respuesta no puede ser sencilla y me limitaré a exponer contextos. A los doce años conocí a dos hermanos que estudiaban en el mismo centro que yo, el Instituto Luis Vives de Valencia. Teníamos el mismo gusto por el cine de terror, los cuentos de Edgar Poe, las historias de Sherlock Holmes… y decidimos fundar un club, que llamamos Club Cadáver. No tardamos en ponernos a escribir cosas para nuestro propio consumo, incluso a “publicarlas” del modo más casero que se pueda imaginar, en la Editorial Fiambre, ilustre entidad que también fundamos nosotros. Ellos desistieron al cabo del tiempo, pero yo continué con seriedad creciente, hasta que me lo creí del todo. En cualquier caso yo ya estaba en cierto modo predispuesto a ver el mundo que me rodeaba como una especie de laberinto, incluso como un palimpsesto. Valencia era para mí como el mapa de un tesoro, con jeroglíficos y claves secretas. A ello contribuían las calles del casco urbano que me rodeaban, callejones lúgubres, casas misteriosas, palacios abandonados, personajes extraños y complejos con que tropezaba… En la reseña que dedicó usted a mi novela de Tartesos dijo que yo era “de Ciudad Real”. No es del todo exacto. Me nacieron allí, como decía Clarín, pero nunca he vivido en aquel lugar. A los dos meses de nacer ya estaba en Valencia. Yo aprendí a hablar, a oír, a leer, a ver las cosas, a ordenar mis primeros microcosmos en Valencia. El pueblo donde nací, Montiel, sin duda forma parte de mi biografía administrativa, pero Valencia forma parte de mi biografía sentimental y de mi identidad. El sentido de mi infancia, mi adolescencia y mi primera juventud está en Valencia, no en otro sitio. Cuando tenía ocho o nueve años leí las “Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox”, de Baroja, que me descubrió el lado misterioso y mágico de las casas y las calles de las ciudades suficientemente grandes para tener secretos y propiciar el anonimato. Creo que debo a Valencia mi interés por la literatura, que para mí es lo más importante de este mundo.

¿Existen en su familia escritores como Antonio?

No.

¿Cómo es posible que la pluma de Antonio sea capaz de escribir algo tan apasionado e histórico a la vez?

Eso es un elogio por el que le doy las gracias, pero no creo ser el más indicado para dar explicaciones en ese sentido. Es más, no creo tenerlas.

¿De dónde surge la idea de escribir crónicas de una civilización aún perdida para el historiador?

Nunca he querido encasillarme escribiendo sobre los mismos ambientes y por lo general tiendo a cambiar de tema e incluso de técnica narrativa de una novela a otra. Una novela es para mí una forma de contar, no la anécdota que se cuenta. Le cito un caso singular. Las novelas naturalistas de Galdós son todas iguales e igual de aburridas actualmente. En cambio, los “Episodios nacionales” están escritos con técnicas muy variadas y eso los hace hoy atractivos, al menos para mí. En el caso de “Príncipes de Tartesos” me interesó, más que la historia concreta de Tartesos, la posibilidad de escribir una novela basada en investigaciones históricas de última hora, mezclando las peripecias de los personajes con mitos y leyendas de muchos lugares y muchas épocas. En este aspecto no temí caer en anacronismos y de hecho en la novela hay material tomado de Homero, de Hesíodo, de Píndaro, de Apolonio de Rodas, de Heródoto, pero también de la Edda Mayor y el Kalevala, que son más de mil años posteriores. La acción transcurre precisamente en un momento en que Grecia empieza a abandonar el pensamiento mítico para abrazar el pensamiento racional. Es el momento de la escuela de Mileto. Platón, que es bastante posterior, inventa el método dialéctico para llegar al fondo de las cosas, pero para hacerse entender todavía recurre a fábulas que unas veces presenta como saberes tradicionales y otras como alegorías didácticas. Por otro lado, la acción de mi novela transcurre en lugares con distintos niveles de civilización. La cuenca mediterránea estaba muy avanzada en relación con el primitivismo que imperaba en el centro y norte de Europa. Mi intención no fue escribir una novela histórica, sino una novela de aventuras que explotara al máximo el filón fantástico sin caer en la inverosimilitud, y el contexto de la transición entre el mito y el logos lo permitía. Mi modelo favorito era Stevenson, que escribió algunas novelas de aventuras con fondo histórico, pero dando prioridad a las aventuras. Walter Scott había hecho lo mismo, pero priorizando el registro histórico. Es sabido que todos los protagonistas de Stevenson, como los protagonistas de Dickens, tienen mentalidad adolescente y este enfoque de las cosas también me atraía. Que una novela de aventuras protagonizada por un adolescente se convierta en una novela de formación es casi inevitable. En España tenemos una tradición, la picaresca, que es como un anticipo de los Bildungsromane que empezaron a escribirse en el siglo XVIII y cuyo ejemplo más célebre es el ciclo de Wilhelm Meister de Goethe, aunque yo prefiero esa combinación de novela de formación, iniciación mistérica y alegoría filosófica que es el “Heinrich von Ofterdingen” de Novalis. Mi protagonista evoluciona a remolque de los hechos y es evidente que al final de la novela es más maduro que al comienzo. Aprende a conocer a sus compañeros, los ve morir, pelea con sus enemigos, se inicia con ritos de paso, se enfrenta a animales fabulosos, aprende a mandar y a ser prudente, e incluso desciende a los infiernos, como muchos héroes mitológicos.

En su novela Príncipes de Tartessos menciona una cultura poco conocida, la cultura de la adoración al toro, ¿de donde proviene realmente esta costumbre ancestral y donde podríamos situarla exactamente dentro de la Península Ibérica?

Lo poco que sé de eso no es muy concreto y prefiero callar a decir vaguedades.

¿El escritor ha visitado in situ alguno de los lugares descritos dentro de su apasionante novela?

Bueno, algunos lugares, pero no para describirlos. Por ejemplo, hace muchos años estuve en el Lago Lemán, para ver el castillo de Chillon y Villa Diodati, donde se gestó Frankenstein, pero el Lago Lemán que describo en la novela no tiene nada que ver con el que vi. Prefiero basar mis descripciones en material escrito, entre otras cosas porque en el mundo moderno es muy difícil reconocer paisajes de otros tiempos. Leo libros de viajes, guías y consulto muchos mapas (me apasiona la cartografía), pero, por poner otro ejemplo, mi descripción de la orografía, la flora y el clima de las islas Shetland procede básicamente de “El pirata” de Walter Scott.

principes de tartessos

¿Cómo ve en su mente el escritor la civilización de Tartessos?

Pregunta difícil. Para documentarme leí los últimos libros que se habían escrito al respecto. La arqueología es la base de la historia antigua y la arqueología actual no nos confirma ni siquiera que existiera Tartesos. Incluso la historia del arte titubea hoy y tiende a llamar “orientalizante” el material que años antes se consideraba tartesio. Hay algunas novelas, escritas por españoles, sobre el tema de Tartesos, pero sus planteamientos son completamente opuestos a los míos. Mi desafío era conciliar la pobreza del registro arqueológico con las posibilidades que ofrecen las referencias y sugerencias de los autores antiguos. Heródoto, cuyo testimonio es el más antiguo y más o menos fiable que tenemos, dice que allí existió un reino muy rico, aunque no dice que fuera poderoso. Sin embargo, no conocemos en la actualidad ningún vestigio seguro. Es de suponer que, si realmente existió, todo aquello desapareció sin dejar rastro. La pregunta es cómo fue posible. Mi solución ha sido presentar, no una civilización de hierro y mármol, no una civilización sólida, sino una civilización de madera y barro, inestable, volátil, que podía ser destruida por cualquier fenómeno violento, desde un maremoto hasta una simple guerra.

¿Que influyó en el autor la portada de su libro Príncipes de Tartessos? ¿Qué representa en su portada el autor?

La portada fue cosa de la editorial. Yo sugerí un buque fantasma. En la novela hay un capítulo en que sale una especie de cementerio de barcos, en el mar de los Sargazos. Cuando escribí esas páginas tenía en la cabeza a un autor, William Hope Hodgson, que escribió cuentos muy inquietantes sobre buques fantasma.

¿Cómo ha influido en su vida la figura de Adolf Schulten?

Me pareció fascinante que un estudioso se esforzara por reconstruir, incluso diría que por construir, una cultura antigua basándose en referencias literarias. Me recordó a Heinrich Schliemann, que, como se sabe, descubrió el emplazamiento de Troya basándose en las descripciones de Homero. Aunque lo que Schliemann descubrió en realidad fue uno de los estratos de la antigua Troya, no el de la Troya de Príamo y Héctor, que estaba más abajo.

¿En que está trabajando actualmente el escritor?

Siempre trabajo en varias cosas a la vez. Unas novelas las soluciono rápidamente, en otras trabajo durante muchos años.

¿Nos sorprenderá el autor con algún trabajo nuevo próximamente?

Seguro que sí.

Para terminar, nos gustaría que el autor nos recomendara un libro, un autor literario, una música y una película…

Tengo demasiados años para pensar en un solo autor o un solo título. Mi casa de Valencia estaba rodeada de cines y todas las semanas veía varias películas. También tengo la costumbre de leer varios libros a la semana. El resultado es que he visto centenares de películas y he leído miles de libros. Y seguro que por muchos títulos que cite me dejaré muchos más en el tintero. De pequeño estaba obsesionado por los poemas épicos y hasta cierto punto me sigue fascinando la epopeya en sentido moderno, por ejemplo el “Ulises” de Joyce, “En busca del tiempo perdido” de Proust, “Los sonámbulos” de Hermann Broch o “La vida, instrucciones de uso” de Georges Perec. Mis autores fetiche han sido, desde la adolescencia, Homero, Dante, Shakespeare, Poe, Giovanni Papini, Julio Verne, Stevenson y Arthur Conan Doyle. Luego, de joven, me sedujeron Joyce, Proust, Dostoyevski, Alain Robbe-Grillet, Juan Benet, Jorge Luis Borges y algunos otros. También leo poesía de vez en cuando; mi poeta preferido con diferencia es Rilke. Podría añadir nombres de autores de subgénero, porque soy un fanático del policíaco, el terror y la ciencia-ficción, aunque, por desgracia, en las últimas décadas en estos campos solo se producen refritos y puerilidades. ¿Música? “La pasión según san Mateo” de Bach, “Tristán e Isolda” de Wagner, los últimos cuartetos de Beethoven, los “Kindertotenlieder” de Gustav Mahler, etc. También conservo alguna pasión rockera de juventud, como los Rolling Stones. Y en cuanto al cine, hace años que tengo fijaciones más o menos invariables, como “Nosferatu” de Murnau, “M” de Fritz Lang, “Drácula” de Terence Fisher, “Vértigo” de Hitchcock, “El año pasado en Marienbad” de Resnais, etc., etc.

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